Carolina Castruccio

…Más antecedentes históricos…

A comienzos de la década de 1990 surgen en Estados Unidos los primeros grupos de activismo intersex, en particular, la Intersex Society of North America (ISNA), que concentra el activismo; un grupo de médicos y psiquiatras, así como investigadoras sostienen esta posición, y sus intervenciones públicas. La intersexualidad como posición identitaria, según es sostenida por los grupos de activismo intersex y sus aliados/as en el campo académico y biomédico, no responde a la sola manifestación de formas corporales específicas, sino, y centralmente, a su conjunción con experiencias de intervención sociomédica inspiradas en el paradigma identitario vigente. De este modo, muchas personas intersex se identifican como tales a partir de las intervenciones “normalizadoras” de sus genitales y sus historias de vida, a pesar de que tales intervenciones “borren” las diferencias anatómicas marcadoras de intersexualidad, y muchas personas que según la perspectiva biomédica hegemónica podrían ser categorizadas como intersexuales, no se reconocen como tales a partir de experiencias de no intervención.

Si bien el activismo intersex sostiene la posibilidad de la intersexualidad como posición identitaria particular, la demanda de máxima de este movimiento es el respeto por la integridad corporal de los niños y niñas intersex, a partir de dos reconocimientos: en primer término, la propiedad individual del propio cuerpo; en segundo término, el carácter histórico, construido y contingente de la relación entre corporalidad y género, incluyendo la definición de genitales femenina o masculinamente “adecuados”. Desde esta posición, y bajo el mandato ético de no dañar, se recomienda la atribución de género en el momento de nacer (sobre la base de las mejores expectativas informadas por experiencias de atribución anteriores), difiriendo las intervenciones quirúrgicas hasta que la persona intersex pueda decidir informadamente. Esta posición llevaría a una nueva Era –la Era del Consentimiento, caracterizada por la aplicación de protocolos de atención centrados en el sujeto. (Dreger, 1998). Hasta el momento, sólo la Corte Constitucional de Colombia ha emitido un fallo que protege a niños y niñas intersex de ser intervenidos quirúrgicamente sobre la base de “ambigüedad genital”.

¿Verdaderamente tenemos necesidad de un sexo verdadero?”

Alexina Barbin corresponde a un texto, del siglo XIX, rescatado por Michel Foucault, que narra con estilo biográfico la experiencia y vicisitudes de un/a hermafrodita a lo largo de sus 29 años. El relato cuenta como Alexina es criada como una niña, siendo finalmente reconocida como muchacho, obligándole a cambiar su sexo legal y estado civil; incapaz de adaptarse a esta nueva identidad el relato concluye trágicamente con su suicidio.

Foucault inicia la presentación del texto comentando los diferentes enfoques históricos que se han tenido en torno al hermafroditismo, particularmente desde la medicina y la justicia. Interesa la necesidad contemporánea de adscribir un solo sexo –verdadero- al hermafrodita, siendo que durante siglos simplemente se le atribuían dos. Continúa señalando que en la Edad Media eran llamados hermafroditas aquellas personas en quienes se yuxtaponían, según proporciones variables, los dos sexos. Así, correspondía al padre o al padrino determinar el sexo que iba a mantenerse, en el momento del bautismo. Cuando esta persona se aproximaba a la edad adulta, y el momento de casarse, podía decidir si quería continuar siendo del sexo que le había sido atribuido o prefería cambiar. Relata que fueron más estos cambios de postura que la mezcla anatómica de los sexos, los que acarrearon las condenas a hermafroditas en Francia, durante la Edad Media y el Renacimiento.

En la Modernidad, las teorías biológicas sobre la sexualidad, las concepciones jurídicas sobre el sujeto, y las formas estatales de control administrativo, han conducido a rechazar la idea de mezcla de dos sexos en un solo cuerpo, y por ende la libre elección del individuo sobre sí mismo; por el contrario se postula un solo sexo a cada uno. Desde la medicina se postulará la necesidad de descifrar el sexo verdadero que –siempre- se esconde bajo apariencias confusas. Desde el derecho desaparece, como se mencionaba, la libre voluntad de optar o elegir de la persona; en su reemplazo aparece la figura del experto como juez y parte social en la determinación del sexo al cual esta persona debe atenerse.

Por último señala Foucault un interés moral en el diagnóstico médico del sexo verdadero. En primer lugar, éste obedecería a una necesidad de evitar los “extravíos del libertinaje” que podría suponer la coexistencia y relaciones posibles de dos sexos en un mismo cuerpo (“servirse de su propio cuerpo como si fuera de otro sexo”). Por otro lado, el sentido moral aludiría a la creencia de que entre sexo y verdad existen relaciones complejas, oscuras y esenciales; y, que es el terreno del sexo donde hay que buscar las verdades más secretas y profundas del individuo. Desde esta perspectiva, no puede haber confusión en torno al sexo; el sexo encierra lo más verdadero que hay en nosotros mismos.

Discusión o Discusiones posibles…

Llaman la atención, de quien suscribe, las consecuencias vinculares del intersexismo. De por sí muchas veces las formaciones y conformaciones de vínculos con el otro son difíciles, ambiguas, incompletas, etc; pero, al pensar en el límite que impone la diferencia fisiológica para estas personas, impresiona y se intuye una gran y permanente soledad en muchas ocasiones de sus historias de afectos; principalmente se cree, debido al carácter de marginación y exclusión que implica definirse y reconocerse como “diferente”.Con respecto a esto último interesa el tema de la conformación de identidad. Se revisa en el presente documento brevemente, cómo la ciencia, la religión, la justicia, la política, a través de diferentes agentes van normando, decidiendo, interviniendo sobre ellos, siempre desde un desde afuera experto. Si, tal como señala Benveniste, el tiempo lingüístico corresponde al tiempo en el cual nos narramos, todos tenemos un aspecto narrativo en nuestra existencia. Desde un paradigma constructivista narrativo no se puede poner toda la experiencia vivida en palabras, por lo que se eligen algunos acontecimientos para formar contextos y narraciones sobre los demás y sobre uno. La conformación de identidad comienza al concebirnos en el útero, al generar en otros relatos sobre uno, pero quizás en la primera infancia las construcciones narrativas estarán en mayor medida mediadas por las distintas agencias e instituciones sociales, la familia, la escuela, la iglesia, el estado. Las ulteriores posturas que se adopten frente a los relatos que los demás hacen de uno, determinaran, a juicio de quien suscribe, el desarrollo identitario. Las posturas básicamente serían dos: la asimilación e internalización pasiva de los relatos de otros sobre si mismo, como es el caso de Alexine B. O, la internalización reflexiva y crítica de estos relatos, para decidir su aceptación o no. Se considera que esta última postura, como es el caso de asumirse como intersex, representa una novedosa y rebelde propuesta de poner en palabras una identidad no expresada ni encerrada en categorías sexo genéricas binarias.